Joaquín Vásquez Aguilar: Poeta de los pájaros profundos
José Falconi
A la memoria de Quincho
Joaquín Vásquez Aguilar “Quincho”, quien murió en enero de 1994 a los 47 años de su edad, en el marco del levantamiento armado de los indígenas de Chiapas, es una de las voces claves de la prestigiosa poesía chiapaneca, al lado de Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Enoch Cancino, Juan Bañuelos, Daniel Robles Sasso y Raúl Garduño. Vásquez Aguilar es autor de los poemarios Casa, Cuaderno perdido, Vértebras (editado por el Fondo de Cultura Económica), Aves y Erguido a penas.
Leer los poemas de Vásquez Aguilar es como transitar un camino iniciático. No, no pienso en un complejo sistema soteriológico que explique el origen y el sentido del ser y del mundo. Pienso en el andar de un hombre, de un poeta, que no elude o esconde sus raíces hundidas en las sombras del silencio y de la soledad; pero raíces que pugnan por llegar al corazón del ser y sentar plaza en el almanaque humano.
La iniciación —siempre poética— que la poesía de Vásquez Aguilar nos ofrece es cosa de nuestro mundo, es la muerte en movimiento, es la vida al borde del amor y de la angustia. Está colmada de rumores vegetales esta vía de conocimiento y huele a pájaros profundos, a mar y roca y vértebras de peces. Pienso en un poeta que no huye del hombre y que descubre sorprendentes y reveladoras imágenes en el agua; en el agua que guarda los secretos de los pescadores, en los elementos tierra, aire, fuego que dieron forma y vida a su cantar.
Joaquín Vásquez Aguilar fue de esa casta de poetas que pulsaron el latir del tiempo vivo, que lograron una íntima relación con la génesis del mundo y la melodía de sus versos es como una serpiente con anillos de fuego. La figura entrañable del padre (don Emeterio), el peso evidente del tronco familiar, la geografía, el viento, la luz y la lluvia y las aves de Cabeza de Toro (el estero chiapaneco que lo vio nacer) se convierten en cifra y signo, en ecuación del poder de los orígenes. En Cabeza de Toro el magresal, el árbol del principio (cuya corteza Vásquez Aguilar atravesó en vida tantas veces para volver siempre más y más cercano a las cosas del mundo y que, me gusta imaginar, su fantasma sigue atravesando) se asemeja a don Emeterio en fortaleza, en generosidad, en sabiduría, pero también en su fatal mortalidad:
A la orilla del estero de Cabeza de Toro, cerca del embarcadero, hay un magresal. Es el árbol más viejo de todos. Es tan viejo que se le han caído todas las hojas, como a mi padre se le ha caído todo el cabello. Tal parece que ha estado allí desde siempre, desde la raíz de los siglos.
Algunas artesanas de las maderas laqueadas de Michoacán, Guerrero y Chiapas, pulen sus maravillosos trabajos con el sudor de su frente, incorporando así una sustancia de su propio cuerpo a la pieza única, a la obra artística. Pienso que la palabra poética de Vásquez Aguilar brota de su cuerpo como brota el sudor bajo los rayos del sol. Brota de su cuerpo la palabra lírica y alcanza su más alto grado de temperatura humana en algunos de los textos que este poeta escribió contra la sociedad citadina.
Hagamos la pregunta: ¿a qué vida puede aspirar el poeta, o cualquier persona, en la gran ciudad, es decir en el exceso de aglomeración, entre el bombardeo superficial de propaganda comercial y política? A una vida incompleta, fragmentada, en la que se nace, se vive y se muere en un loco transitar y copiando la vida de los otros, aunque el modelo sea ajeno a nuestra más íntima verdad:
Con tristeza te digo que el corral
es el mismo.
Que no hay vaca más acostumbrada
que aquella mecanógrafa;
que no hay escritorio más fijo
en su cuadra
que aquel subsecretario…
El poeta no quiere participar en ese juego de espejos en que se multiplica la imagen de don Nadie, porque el poeta conoce —y afirma— su esencia diferente y cae en la cuenta de que no podrá —y no desea— integrarse a la sociedad citadina. Hay que romper, hacer pedazos ese laberinto de mediocres espejos y bañarse en esa lluvia de vidrios, aunque nos hieran. Quizá la mejor manera de librarnos de ese laberinto absurdo es la que nos propone Vásquez Aguilar a través de su poesía: reafirmar nuestra vida interior, ejercer ese aislamiento consciente, rico e intenso:
Yo no habito ciudad. No. Me
doy cuenta.
Y me doy cuenta sombra que
ando un poco
luz. Ciudad que no habito y
cuyo foco
oscuro, cuya lámpara sedienta
(… …)
Antes de poner punto final a estas líneas, quisiera hacer una breve reflexión en torno del uso del lenguaje en los poemas de Vásquez Aguilar. Desde sus primeros ensayos poéticos, este poeta se preocupó por individualizar su lenguaje, en el conocimiento de que la individualización de la palabra es, en poesía, el único procedimiento para conseguir la plena comunicación expresiva y así liberar a la palabra de lo convencional que le hace perder sus posibilidades de imaginación creadora. Así, el poeta que nos ocupa hace de las suyas: con un poco de luz y un poco de sombra, con un poco de exceso de realismo y otro poco de imaginación concentrada, nos ofrece palabras en que la significación misma se ha vuelto un tanto loca; pero loca de una locura revitalizadora, de una locura que quiere tocar el corazón del hombre ansioso de preguntas que nunca tienen cabal respuesta.
Joaquín Vásquez Aguilar, poeta que se irguió a penas para confrontar su poesía con todas las realidades. Y para concluir este texto en modesto homenaje a Joaquín, a Quincho, como lo llamamos sus amigos más cercanos, reproduzco el poema que escribí con motivo de su prematura muerte:
JOAQUÍN VÁSQUEZ AGUILAR (+)
Creíste que las palabras fluirían inagotables y derramaste gotas y gotas sobre la yerba de lorquísimas lunas.
Litros, un río de palabras, mientras tu cuerpo deseaba germinar en el mar y las aves de Cabeza de Toro. Tierra y agua natal.
(Las nubes de tu pueblo desolladas se desangran en silencio.)
Frutas de temporada rodarán otra vez bajo mi mesa y copas de licores salvajes que regaron tu rabia, tu dulzura. Pero tú ya no aparecerás.
Extraña belleza en tus poemas de armonía arrancada a la angustia. En tus versos acamparon mis sueños, porque soy lo que fuiste
:un perro ciego que busca el filtro de la muerte.
(JF, enero de 1994)
Paréntesis
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La noche y la calle de Refugio Pereida
José Falconi
En De noche, una calle Refugio Pereida funda una urbe poética habitada por los símbolos del deseo, el amor, la soledad y la muerte. Estos símbolos deambulan encarnados en personas, animales, elementos de la naturaleza e insectos que se confrontan, se confunden, se reúnen y se separan construyendo destinos personales y paradójicamente colectivos que es señal, cifra, santo y seña de una triste realidad: la vida en sus múltiples expresiones es a fin de cuentas una mascarada febril, carnavalesca, tal vez tan sólo fantasma o espejismo de lo que tendría que ser una vida a la altura de la imaginación humana y de los recónditos misterios de la realidad, tal como querían los poetas surrealistas.
Entrampados en el reino de la necesidad, los seres humanos nos hemos apartado de nuestra naturaleza adánica —donde mora nuestra capacidad de poetizar— y hemos negado el mandato más alto que la Naturaleza (con N mayúscula) nos ha confiado: cuidar la maravilla y la diversidad del mundo para evolucionar junto con él. Enajenados por las supersticiones que el mundo del poder, el éxito, el dinero, nos ofrece, hemos dejado de comprender de qué tamaño es el desastre que nos hemos construido y heredado. La poeta Refugio Pereida parece decirnos que el desastre de la realidad que nos circunda sólo puede darnos tregua cuando ejercemos nuestra soberanía corporal; el derecho —que debiera ser irrestricto e irrenunciable— al ejercicio de nuestra sensualidad y sexualidad bajo el pulcro bostezo de la noche.
La poeta Refugio Pereida en De noche, una calle funda una ciudad poblada de sonidos y silencios. Es decir, de un ritmo poético que recuerda canciones de incunables sonidos, de danzas al medio día o de una lengua vagabunda o rumor de sorgo que cae y lo hace con las palabras que se ocultan detrás de las voces cotidianas. Detrás de los frágiles nombres de las cosas, los hechos, las emociones del mundo, si bien observamos, si indagamos como detectives adánicos que quieren ver más allá de la apariencia de la realidad, encontraremos las lianas rotas de tu mano en mi mano; es decir, la potencia poética que unifica la realidad objetiva y subjetiva: las otras palabras, las que son capaces de erotizar el retrato de un suicida trepado en su silencio.
De noche, una calle es un intenso libro escrito con maestría en sus decires, en que el tema, contrario sensu a lo que sucede en buena parte de la poesía que en estos tristes tiempos se escribe, si cuenta, y en mucho: el tópico nodal de este libro es el de la resistencia y reafirmación de la condición humana y sus númenes creativos. Resistencia y reafirmación ante una realidad que pervierte la condición primigenia del ser y enajena su capacidad de hacer el mundo más amplio y luminoso. Un mundo desquiciado por las acechanzas, desvaríos y perversidades de los poderes políticos, económicos, religiosos y aún culturales que quiebran el amor, desarman el deseo y promueven no la hermandad sino la complicidad.
Hace apenas unas cuantas noches, en una calle de la colonia San Rafael vi un grupo de enanos que habían sacado a pasear a sus sexos bajo la lluvia y en la esquina de esa misma calle me encontré al Che Guevara y a Manuel Acuña, sentados en la banqueta, tomándose una cervezas y leyendo los poemas de Refugio Pereida, poeta que tanto admiro…
De noche, una calle, Refugio Pereida Editorial Praxis, 2002 70 pp.
Paréntesis
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José Revueltas Sánchez
El 14 de abril de 1976 fallece el escritor José Revueltas Sánchez.
Hoy en su aniversario luctuoso lo recordamos.
"Yo no pido un fusil, pido la palabra - dice ...José Revueltas, y blande su pluma -. Éste es mi fusil."
-Elena Poniatowska.
Leonora.
© Foto Manuel Fuentes.

CORRIDO DE LA MUERTE DE ZAPATA
Autor: Armando Liszt Arzubide
Cantan: Hermanos Záizar
Escuchen señores, oigan
el
corrido de un triste acontecimiento:
pues en Chinameca ha muerto a
mansalva
Zapata, el gran insurrecto.
Abril de 1919 en la memoria
quedará
del campesino,
como una mancha en la historia.
Campanas de Villa Ayala
¿por qué
tocan tan dolientes?
es que ya murió Zapata
y era Zapata un
valiente.
El gran Emiliano que amaba a los
pobres,
quiso darles libertad.
Por eso los hombres de todos los
pueblos
con él fueron a luchar.
De Cuautla hasta
Amecameca,
Matamoros y el Ajusco,
con los pelones del viejo don
Porfirio
se dio gusto.
Trinitaria de los campos
de las
vegas de Morelos,
si preguntan por Zapata
di que ya se fue a los
cielos.
Don Pablo González
le ordena a
Guajardo que le finja un rendimiento,
y al ver a Zapata disparan sus
armas
al llegar al campamento.
A la orilla de un camino
corté una
blanca azucena,
a la tumba de Zapata
la llevé como una ofrenda.
Señores ya me despido
que no tengan
novedad.
Cual héroe murió Zapata
por dar tierra y libertad.
DIURNO EN LA MUERTE DE EMILIANO ZAPATA
Año de mil novecientos,
diez y nueve, fecha exacta,
un terrible 10 de abril
le dieron muerte a Zapata.
Corrido popular
Conejito de la sierra
... qué te dijo aquel clavel,
dice que no ha muerto el jefe,
que Zapata va a volver.
Corrido popular
Emiliano Zapata
daga de duelo en la entraña de tu madre,
lágrima lumbre en el vientre de tu madre,
ardor de barro en el cuerpo de tu madre,
cadáver tejido a raíz de pólvora,
cabalgata en el polvo
a viva ausencia.
Emiliano
ejército de ejidos con la abstinencia en armas,
hoy grito sin nombre en el pozo de la noche,
tu madre te busca, te llama
-llama enhiesta del maíz-,
repite tu nombre entre las cañas
y sólo encuentra un hijo muerto
con surcos a traición clavados en la carne de su día,
y sólo encuentra tu silencio entre sus voces,
tu ronco manantial acribillado.
Ella te cubre entonces con su rebozo vegetal,
te lava la heridas
con sus lágrimas, ríos furiosos,
dulcísimas corrientes indefensas
y besa tu nombre sobre la frente abierta,
predio de la ternura,
receso ensangrentado.
Qué enorme soledad la de sus manos,
qué llanto tan rencor
su agricultura rota,
qué modo de sangrar por tus heridas
su angustia descarnada
sobre el barro brutal de su lamento;
qué modo de palpar tu sangre
cuando la tarde derrite
los horizontes de sus ojos ardiendo.
Y mientras… tú, jinete de vida,
cosechando la muerte en cada poro;
Y mientras… tú, fuego desecho,
naciendo libertad para los buitres,
para los del festín en esta hora de espanto,
de tragedia,
de plomo al hombro de la noche.
Emiliano muerto
¿En qué Genaro? ¿En qué Lucio?
¿En qué barranca nuestra
te está gestando la madre que aún te llora?
¿De qué llaga levantarás tu carne a vegetal y arcilla?
Muerto tea, barro río
enmauserando el amor de los arados;
luz cuchillo de los humildes que esperan de tu siembra,
de tus incendios enverbando la llanura,
rehaciéndola.
Por ahora el festín ríe y se agita
y los asesinos se construyen diariamente
una bestial patria
de bestias revolcándose en estiércol.
Por ahora el festín está de fiesta.
Ahora es tu silencio,
tu madre se enllaga de tu cuerpo,
se tiende junto a ti,
de semilla a impotencia desgarrada.
Emiliano Zapata,
tu madre te busca,
solloza por el hijo
tierra de su tierra,
niño de su tierra.
Tu madre te reclama. Tiembla.
Brama su dolor profundo,
y llega a tanto ese dolor amargo,
que te inventa de nuevo en cada cuna,
en cada surco alzado,
en cada filo,
cada vez que la posee el relámpago.
Roberto López Moreno.
Emiliano Zapata
Hoy, aniversario del asesinato de Zapata, quiero recordar que Antonio Díaz Soto y Gama, junto con Paulino Martínez, encabezó la delegación zapatista a la Soberana Convención de Aguascalientes. Soto y Gama tomó la tribuna el 27 de octubre de 1914. Y se dice que dio inicio a su alocución con las siguientes, magníficas palabras: "He venido a decir que el pueblo existe". Verdad que olvidaron los políticos de entonces, y que olvidan los políticos de hogaño. Después vino el famoso y conocido incidente de la bandera.
"He venido a decir que el pueblo existe", aparte de una declaración política de primer orden, es un verso maravilloso, como señala en un poema Roberto López Moreno...
JFO
#JornadaHistórica: Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur, es ultimado en Chinameca, Morelos, 10 de abril de 1919 http://lajor.mx/YcWKhx
El general Zapata y la defensa de la tierra (El Correo Ilustrado)
El general Emiliano Zapata Salazar, a... 94 años* de haber sido ultimado cobardemente por Guajardo, su espíritu cabalga de nuevo ante la deplorable situación del campesinado en todo el territorio nacional; los cambios que los tecnócratas y neoliberales hicieron al campo fueron de graves retrocesos históricos. La contrarreforma al artículo 27 constitucional trajo consigo el fin del reparto agrario, por decisión de Salinas de Gortari; la concentración de la tierra a grandes capitalistas, apertura para la enajenación de los ejidos, destrozo de las comunidades indígenas por concesiones a mineras canadienses, estadunidenses y otras que contaminan el suelo, subsuelo y el agua.
Con todos estos problemas de debilitamiento estructural de los cimientos del campo mexicano es que México entró al TLC, Tratado de Libre Comercio, con grandes beneficios económicos para Canadá y EU. No para México, que ha perdido soberanía alimentaria y con ello ha ocasionado empobrecimiento y éxodo de trabajadores del campo hacia otras latitudes o al extranjero.
Qué mejor manera de recordar a Emiliano Zapata que la lucha por reconquistar la tierra, agua, fertilizantes y equipo científico-técnico para producir alimentos, dejando sólo algunas importaciones como complemento. La lucha contra el neoliberalismo deben darla el sector campesino, la clase obrera, el sector estudiantil y los intelectuales progresistas y nacionalistas.
Luis Langarica Arreola
http://parentesisplus.com/2013/04/09/raul-macin-o-el-reino-de-la-libertad/
Raúl Macín o el reino de la libertad
Por José Falconi
Para Maritza Macín
Para qué sirven los poetas en tiempos de mezquindad, se cuestionó alguna vez Friedrich Hölderlin (1770-1843). Tal parece que en buena medida el ejercicio poético de Raúl Macín fue un incesante y jubiloso intento de dar respuesta a la pregunta del gran lírico alemán (jubiloso intento porque como José Revueltas, Raúl Macín conoció en esta vida dos paraísos: el de la militancia por conquistar “el reino de la libertad” y el de la creación literaria). Porque sin duda tiempos mezquinos y antipoéticos le tocó vivir a Raúl Macín, hombre de fe en lo religioso —teólogo—, en lo social —filósofo y militante— y en lo literario —poeta y narrador—. Tiempos de mezquindad que se prolongan, persisten, hasta nuestros actuales días mexicanos de tan exacerbada, alucinante violencia y en los que vivimos una crisis no de valores sino de valoración de todo lo que ennoblece, ilumina, enaltece la condición humana, y perversamente se desprecia toda aquella que no tiene valor comercial, lo que no se puede vender, lo que no se cotiza en el mercado. Los hombres mezquinos, es decir, los fariseos de todos los tiempos, son incapaces de apreciar, de saborear con sabiduría ingénita de niño sorprendido, la belleza de una tarde lluviosa, y menos aún de entender con la inteligencia emocional —en ellos tan atrofiada— su lenguaje de agua empapándolo todo sin distingos, invitándonos a sumergirnos en su charla chorreada, un tanto enloquecida, que se da en un ritmo que no es el de nuestra automatizada vida cotidiana, que no es el de nuestros ingenieros o nuestros “líderes” de opinión o nuestros políticos. Es el ritmo cósmico de la Naturaleza —del impulso vital de la Creación en marcha— que el hombre quiere reproducir por medio del arte, a través de lo más esencial de la poesía: descubrir o intuir las germinaciones más puras de la realidad para hacerlas “florecer en el poema” como demandaba Vicente Huidobro (1893-1948), el padre del Creacionismo. La poesía de Raúl Macín la advierto emparentada a la de Carlos Pellicer; más en sus intencionalidades que en su dicción. Es decir, el poeta hidalguense coincide con el tabasqueño en la exaltación de una religiosidad verdaderamente espiritual que se expresa en el tópico siguiente: el poeta —el hombre— interviene como ayudante del Creador en el proceso aún no concluido —y de alguna manera interminable— de la Creación, en el caso de Pellicer, o de la Construcción del Reino en el caso de Macín. También coinciden en las notables “ideas poéticas” —¿o ideales poéticos?— a continuación enumeradas: Uno: la naturaleza humana es de suyo buena o bondadosa y es la ignorancia o la necedad la que la pervierte. Dos: la poesía es un diálogo entre la Creación, que aún no se termina, y Dios; el poeta es el vocero de la Creación en este diálogo. Tres: el amor en sus ámbitos más amplios, lo que incluye hasta la lucha por transformar en bondades las iniquidades de nuestra injusta realidad, no sólo es un sentimiento; es también un “camino de perfección” o de perfeccionamiento de la naturaleza humana. En lo que sin duda difieren la poesía de Raúl Macín y la de Carlos Pellicer es en su decir. En el decir pelliceriano prevalece una exuberante entonación, una expresión en ocasiones desenfrenada, si bien parte de su obra poética se dio en matices un tanto más tradicionales, íntimos y mesurados. En el decir de Macín tenemos una poesía de versos breves y concisos que nos dan arquitecturas verbales sobrias, panes líricos cercanos al haikú. Decimos el decir de Macín o el decir de Pellicer porque —como ya bien señalara Ortega y Gasset en el capítulo dedicado al decir de la gente, en su libro póstumo El hombre y la gente—:el poeta dice porque expresa algo que viene desde su interior o desde la radical realidad que es su vida —decir qué es o qué no es, qué piensa o qué siente—. Lo otro, lo distinto a esto, no es más que hablar en el lenguaje convencional y desgastado de todos los días. En sus decires poéticos, Raúl Macín cifró sus más íntimas y legítimas verdades, confesó anhelos cumplidos y fracasados y jugó con maestría el juego del tú y yo. Ese juego magnífico cuya síntesis amorosa es el nosotros que, como bien señalara Octavio Paz nos da plena existencia, profundidad y la posibilidad de desarrollar nuestro ser y estar en el mundo. Es un nosotros que resume la larga lucha del poeta Raúl Macín por emerger de “las heladas aguas del cálculo egoísta” —y ego-maníaco— en que tanto nos place chapotear, para llegar a una conexión más esencial con nosotros mismos y con los otros; a lazos religiosos, sociales y culturales más significativos y significantes. Si lográramos este ideal del poeta, todos viviríamos una realidad, personal y colectiva, más justa, ética y plena de verdaderos dones humanos. El deseo esencial expresado en los discursos poéticos de Raúl Macín es el de limpiar la casa común de tanta iniquidad y construir el ágape, la asamblea de los iguales, el cuerpo místico de Cristo —en el que cada uno de nosotros, es una célula de ese cuerpo sobrenatural, celestial y místico— a través de una sociedad lo más semejante posible al Paraíso. La exaltación imaginativa de la mente poética, teológica, filosófica y militante de Raúl Macín le hizo comprender que “afuera”; es decir, afuera de nosotros mismos y de nuestras visiones auto-centradas de la realidad, “la Creación espera la acción de los hijos de Dios”.
Raúl Macín, ¿poeta, teólogo, filósofo, militante? Todo ello amalgamado en la pródiga vida de este hombre amable en el sentido más preciso de esta voz.
Paréntesis
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