domingo, 14 de abril de 2013

José Revueltas Sánchez

El 14 de abril de 1976 fallece el escritor José Revueltas Sánchez.
Hoy en su aniversario luctuoso lo recordamos. 

"Yo no pido un fusil, pido la palabra - dice José Revueltas, y blande su pluma -. Éste es mi fusil."

-Elena Poniatowska.
Leonora.

© Foto Manuel Fuentes.El 14 de abril de 1976 fallece el escritor José Revueltas Sánchez.
Hoy en su aniversario luctuoso lo recordamos.

"Yo no pido un fusil, pido la palabra - dice ...
José Revueltas, y blande su pluma -. Éste es mi fusil."

-Elena Poniatowska.
Leonora.

© Foto Manuel Fuentes.

miércoles, 10 de abril de 2013

CORRIDO DE LA MUERTE DE ZAPATA


Autor: Armando Liszt Arzubide
Cantan: Hermanos Záizar

http://www.youtube.com/watch?v=VHV-4VXTKdc

Escuchen señores, oigan
el corrido de un triste acontecimiento:
pues en Chinameca ha muerto a mansalva
Zapata, el gran insurrecto.

Abril de 1919 en la memoria
quedará del campesino,
como una mancha en la historia.

Campanas de Villa Ayala
¿por qué tocan tan dolientes?
es que ya murió Zapata
y era Zapata un valiente.

El gran Emiliano que amaba a los pobres,
quiso darles libertad.
Por eso los hombres de todos los pueblos
con él fueron a luchar.

De Cuautla hasta Amecameca,
Matamoros y el Ajusco,
con los pelones del viejo don Porfirio
se dio gusto.

Trinitaria de los campos
de las vegas de Morelos,
si preguntan por Zapata
di que ya se fue a los cielos.

Don Pablo González
le ordena a Guajardo que le finja un rendimiento,
y al ver a Zapata disparan sus armas
al llegar al campamento.

A la orilla de un camino
corté una blanca azucena,
a la tumba de Zapata
la llevé como una ofrenda.

Señores ya me despido
que no tengan novedad.
Cual héroe murió Zapata
por dar tierra y libertad.

 

 

 


DIURNO EN LA MUERTE DE EMILIANO ZAPATA

Año de mil novecientos,
diez y nueve, fecha exacta,
un terrible 10 de abril
le dieron muerte a Zapata.

Corrido popular

Conejito de la sierra
...
qué te dijo aquel clavel,
dice que no ha muerto el jefe,
que Zapata va a volver.

Corrido popular


Emiliano Zapata
daga de duelo en la entraña de tu madre,
lágrima lumbre en el vientre de tu madre,
ardor de barro en el cuerpo de tu madre,
cadáver tejido a raíz de pólvora,
cabalgata en el polvo
a viva ausencia.

Emiliano
ejército de ejidos con la abstinencia en armas,
hoy grito sin nombre en el pozo de la noche,
tu madre te busca, te llama
-llama enhiesta del maíz-,
repite tu nombre entre las cañas
y sólo encuentra un hijo muerto
con surcos a traición clavados en la carne de su día,
y sólo encuentra tu silencio entre sus voces,
tu ronco manantial acribillado.

Ella te cubre entonces con su rebozo vegetal,
te lava la heridas
con sus lágrimas, ríos furiosos,
dulcísimas corrientes indefensas
y besa tu nombre sobre la frente abierta,
predio de la ternura,
receso ensangrentado.
Qué enorme soledad la de sus manos,
qué llanto tan rencor
su agricultura rota,
qué modo de sangrar por tus heridas
su angustia descarnada
sobre el barro brutal de su lamento;
qué modo de palpar tu sangre
cuando la tarde derrite
los horizontes de sus ojos ardiendo.

Y mientras… tú, jinete de vida,
cosechando la muerte en cada poro;
Y mientras… tú, fuego desecho,
naciendo libertad para los buitres,
para los del festín en esta hora de espanto,
de tragedia,
de plomo al hombro de la noche.

Emiliano muerto
¿En qué Genaro? ¿En qué Lucio?
¿En qué barranca nuestra
te está gestando la madre que aún te llora?
¿De qué llaga levantarás tu carne a vegetal y arcilla?

Muerto tea, barro río
enmauserando el amor de los arados;
luz cuchillo de los humildes que esperan de tu siembra,
de tus incendios enverbando la llanura,
rehaciéndola.

Por ahora el festín ríe y se agita
y los asesinos se construyen diariamente
una bestial patria
de bestias revolcándose en estiércol.
Por ahora el festín está de fiesta.

Ahora es tu silencio,
tu madre se enllaga de tu cuerpo,
se tiende junto a ti,
de semilla a impotencia desgarrada.
Emiliano Zapata,
tu madre te busca,
solloza por el hijo
tierra de su tierra,
niño de su tierra.
Tu madre te reclama. Tiembla.
Brama su dolor profundo,
y llega a tanto ese dolor amargo,
que te inventa de nuevo en cada cuna,
en cada surco alzado,
en cada filo,
cada vez que la posee el relámpago.

Roberto López Moreno.

Emiliano Zapata



Hoy, aniversario del asesinato de Zapata, quiero recordar que Antonio Díaz Soto y Gama, junto con Paulino Martínez, encabezó la delegación zapatista a la Soberana Convención de Aguascalientes. Soto y Gama tomó la tribuna el 27 de octubre de 1914. Y se dice que dio inicio a su alocución con las siguientes, magníficas palabras: "He venido a decir que el pueblo existe". Verdad que olvidaron los políticos de entonces, y que olvidan los políticos de hogaño. Después vino el famoso y conocido incidente de la bandera.
"He venido a decir que el pueblo existe", aparte de una declaración política de primer orden, es un verso maravilloso, como señala en un poema Roberto López Moreno...

JFO






#JornadaHistórica: Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur, es ultimado en Chinameca, Morelos, 10 de abril de 1919 http://lajor.mx/YcWKhx

El general Zapata y la defensa de la tierra (El Correo Ilustrado)

El general Emiliano Zapata Salazar, a...
94 años* de haber sido ultimado cobardemente por Guajardo, su espíritu cabalga de nuevo ante la deplorable situación del campesinado en todo el territorio nacional; los cambios que los tecnócratas y neoliberales hicieron al campo fueron de graves retrocesos históricos. La contrarreforma al artículo 27 constitucional trajo consigo el fin del reparto agrario, por decisión de Salinas de Gortari; la concentración de la tierra a grandes capitalistas, apertura para la enajenación de los ejidos, destrozo de las comunidades indígenas por concesiones a mineras canadienses, estadunidenses y otras que contaminan el suelo, subsuelo y el agua.

Con todos estos problemas de debilitamiento estructural de los cimientos del campo mexicano es que México entró al TLC, Tratado de Libre Comercio, con grandes beneficios económicos para Canadá y EU. No para México, que ha perdido soberanía alimentaria y con ello ha ocasionado empobrecimiento y éxodo de trabajadores del campo hacia otras latitudes o al extranjero.

Qué mejor manera de recordar a Emiliano Zapata que la lucha por reconquistar la tierra, agua, fertilizantes y equipo científico-técnico para producir alimentos, dejando sólo algunas importaciones como complemento. La lucha contra el neoliberalismo deben darla el sector campesino, la clase obrera, el sector estudiantil y los intelectuales progresistas y nacionalistas.

Luis Langarica Arreola
 
 


Paréntesis

http://parentesisplus.com/2013/04/09/raul-macin-o-el-reino-de-la-libertad/


Raúl Macín o el reino de la libertad
Por José Falconi

 
El poeta Raul Macin

Para Maritza Macín

 
Para qué sirven los poetas en tiempos de mezquindad, se cuestionó alguna vez Friedrich Hölderlin (1770-1843). Tal parece que en buena medida el ejercicio poético de Raúl Macín fue un incesante y jubiloso intento de dar respuesta a la pregunta del gran lírico alemán (jubiloso intento porque como José Revueltas, Raúl Macín conoció en esta vida dos paraísos: el de la militancia por conquistar “el reino de la libertad” y el de la creación literaria). Porque sin duda tiempos mezquinos y antipoéticos le tocó vivir a Raúl Macín, hombre de fe en lo religioso —teólogo—, en lo social —filósofo y militante— y en lo literario —poeta y narrador—. Tiempos de mezquindad que se prolongan, persisten, hasta nuestros actuales días mexicanos de tan exacerbada, alucinante violencia y en los que vivimos una crisis no de valores sino de valoración de todo lo que ennoblece, ilumina, enaltece la condición humana, y perversamente se desprecia toda aquella que no tiene valor comercial, lo que no se puede vender, lo que no se cotiza en el mercado. Los hombres mezquinos, es decir, los fariseos de todos los tiempos, son incapaces de apreciar, de saborear con sabiduría ingénita de niño sorprendido, la belleza de una tarde lluviosa, y menos aún de entender con la inteligencia emocional —en ellos tan atrofiada— su lenguaje de agua empapándolo todo sin distingos, invitándonos a sumergirnos en su charla chorreada, un tanto enloquecida, que se da en un ritmo que no es el de nuestra automatizada vida cotidiana, que no es el de nuestros ingenieros o nuestros “líderes” de opinión o nuestros políticos. Es el ritmo cósmico de la Naturaleza —del impulso vital de la Creación en marcha— que el hombre quiere reproducir por medio del arte, a través de lo más esencial de la poesía: descubrir o intuir las germinaciones más puras de la realidad para hacerlas “florecer en el poema” como demandaba Vicente Huidobro (1893-1948), el padre del Creacionismo. La poesía de Raúl Macín la advierto emparentada a la de Carlos Pellicer; más en sus intencionalidades que en su dicción. Es decir, el poeta hidalguense coincide con el tabasqueño en la exaltación de una religiosidad verdaderamente espiritual que se expresa en el tópico siguiente: el poeta —el hombre— interviene como ayudante del Creador en el proceso aún no concluido —y de alguna manera interminable— de la Creación, en el caso de Pellicer, o de la Construcción del Reino en el caso de Macín. También coinciden en las notables “ideas poéticas” —¿o ideales poéticos?— a continuación enumeradas: Uno: la naturaleza humana es de suyo buena o bondadosa y es la ignorancia o la necedad la que la pervierte. Dos: la poesía es un diálogo entre la Creación, que aún no se termina, y Dios; el poeta es el vocero de la Creación en este diálogo. Tres: el amor en sus ámbitos más amplios, lo que incluye hasta la lucha por transformar en bondades las iniquidades de nuestra injusta realidad, no sólo es un sentimiento; es también un “camino de perfección” o de perfeccionamiento de la naturaleza humana. En lo que sin duda difieren la poesía de Raúl Macín y la de Carlos Pellicer es en su decir. En el decir pelliceriano prevalece una exuberante entonación, una expresión en ocasiones desenfrenada, si bien parte de su obra poética se dio en matices un tanto más tradicionales, íntimos y mesurados. En el decir de Macín tenemos una poesía de versos breves y concisos que nos dan arquitecturas verbales sobrias, panes líricos cercanos al haikú. Decimos el decir de Macín o el decir de Pellicer porque —como ya bien señalara Ortega y Gasset en el capítulo dedicado al decir de la gente, en su libro póstumo El hombre y la gente—:el poeta dice porque expresa algo que viene desde su interior o desde la radical realidad que es su vida —decir qué es o qué no es, qué piensa o qué siente—. Lo otro, lo distinto a esto, no es más que hablar en el lenguaje convencional y desgastado de todos los días. En sus decires poéticos, Raúl Macín cifró sus más íntimas y legítimas verdades, confesó  anhelos cumplidos y fracasados y jugó con maestría el juego del tú y yo. Ese juego magnífico cuya síntesis amorosa es el nosotros que, como bien señalara Octavio Paz nos da plena existencia, profundidad y la posibilidad de desarrollar nuestro ser y estar en el mundo. Es un nosotros que resume la larga lucha del poeta Raúl Macín por emerger de “las heladas aguas del cálculo egoísta” —y ego-maníaco— en que tanto nos place chapotear, para llegar a una conexión más esencial con nosotros mismos y con los otros; a lazos religiosos, sociales y culturales más significativos y significantes. Si lográramos este ideal del poeta, todos viviríamos una realidad, personal y colectiva, más justa, ética y plena de verdaderos dones humanos. El deseo esencial expresado en los discursos poéticos de Raúl Macín es el de limpiar la casa común de tanta iniquidad y construir el ágape, la asamblea de los iguales, el cuerpo místico de Cristo —en el que cada uno de nosotros, es una célula de ese cuerpo sobrenatural, celestial y místico— a través de una sociedad lo más semejante posible al Paraíso. La exaltación imaginativa de la mente poética, teológica, filosófica y militante de Raúl Macín le hizo comprender que “afuera”; es decir, afuera de nosotros mismos y de nuestras visiones auto-centradas de la realidad, “la Creación espera la acción de los hijos de Dios”.
Raúl Macín, ¿poeta, teólogo, filósofo, militante? Todo ello amalgamado en la pródiga vida de este hombre amable en el sentido más preciso de esta voz.
Paréntesis


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jueves, 4 de abril de 2013

Paréntesis
http://parentesisplus.com/2013/04/02/renato-leduc-hombre-de-pluma/

Renato Leduc, hombre de pluma
 
Por José Falconi
 
Para el poeta Leonel Robles, en su cumpleaños
 
 
renato Leduc, poeta y periodista
I

Renato Leduc. Un hombre que pasó por su tiempo con la sabia virtud de conocerlo y, por ende, dejando huella profunda en el periodismo, la poesía y aun la vida en sus inmediaciones, en sus lindes, con la leyenda urbana. Si bien él, más allá del mito o la leyenda, ocupa un lugar ganado a pulso, siempre en buena lid, en la historia social, política y cultural de “Este México triste que me duele/ en su alegría y en su desventura”, para decirlo citando a otro grande tan injusta y lamentablemente olvidado: Juan Bautista Villaseca, que en más de una ocasión se bebió un trago con Renato.
La vida y la obra de Renato Leduc, la poética, la narrativa, la periodística, atraviesa los diversos ámbitos geográficos e históricos de México y aún del mundo, verbigracia: los desiertos del Norte y la revolución villista; París y la ocupación nazi; la tragedia de los campesinos henequeneros de Yucatán; así como las ciudades –privilegiadamente la gran metrópolis del Distrito Federal– cifrando en un lenguaje potente, revelador, las luces y oscuridades que nosotros, los habitantes de estos ámbitos, hemos construido para nuestro bien o nuestro mal.
Renato Leduc escribió (escribe pues mientras se multipliquen sus lectores su obra estará anclada a un presente perfecto) haciendo uso de locuciones siempre bien ceñidas a sus intenciones periodísticas, narrativas o poéticas: intenciones de denuncia, celebración, crítica o parodia. Así pues, sus ritmos son diversos: ritmo privado o ritmo público; ritmo corporal o ritmo social; ritmo natural o ritmo educado, de artificio. En fin, lo que sin duda hay en la amplia obra de Leduc, es una pasión ciudadana por el diálogo; él, el ciudadano, el individuo social Renato Leduc siempre quiso situarse frente al otro (o los otros) para fraternalmente ofrecernos su sabiduría, sus verdades líricas, sus poemas que se amarran al oído, su fuego interno y aún la voz de aquellos que llamamos pueblo.
Renato Leduc fue un hombre sabio que sabía que la sabiduría no consiste en saber mucho o más que los otros, sino en saborear de mejor manera la vida. La vida y sus, para él, fuegos encendidos, chisporroteantes, que siempre hallaron cabida en sus vocablos, en sus voces que a veces fueron como harapos de arrabal, y en otras ocasiones, el más refinado descubrimiento literario. Para el hombre de pluma que fue Renato, la poesía era como un juguete para un niño. Tenía, sí, un sentido crítico de la realidad, pero siempre lúdico. El símil es más que conocido: el poeta es como un niño, y ambos, poeta y niño, al cambiar la realidad a través del juego (del poema) realizan su más aguda y certera crítica.
Sobre este asunto de la poesía, cabe decir que Renato Leduc fue siempre un poeta del tiempo, y no lo digo por ese su soneto en que lo canta; sin duda el más conocido de sus poemas pero no necesariamente el mejor, ni en factura ni en lirismo. Y es interesante advertir que este famoso soneto no surgió de una necesidad del yo lírico del poeta, sino como respuesta a un reto de un condiscípulo de la preparatoria. Leduc fue un poeta del tiempo que cargó de poesía (de corazón) el calendario. Es decir, como gran conocedor de la cultura clásica griega, sabía que los días, para ser en verdad los días humanos, los días de nuestra historia inclusive emocional, imaginativa e inconsciente, deben contener el fluir de los entes y de las cosas como diría Teócritode Siracusa, poeta jónico. Y eso precisamente hay en su poesía: la diástole y la sístole de la compleja realidad que habitó y que lo habitó. Fue un poeta (y un periodista, porque lo aquí dicho para la poesía puede aplicarse a sus afanes periodísticos) que para expresar la pluralidad de ese fluir de entes y cosas no dudó en romper las vajillas del buen decir.
II
“Aunque es bien difícil dar una definición de poesía pues el vocablo significa tantas cosas, creo que es una posición ante la vida para expresar el sentimiento humano; es decir, es un género literario en que se pretende que la expresión de ese sentimiento sea musical, porque yo entiendo que una poesía sin ritmo y sin medida es apenas prosa rimada…”Resulta curioso que un iconoclasta como Renato Leduc –un hombre que en muchos aspectos vivió a contracorriente y desafió normas, modelos, preceptos y estatutos– haya tenido una idea tan convencional de la poesía. Por fortuna, su práctica poética fue, y con mucho, más allá de esta definición. Tan más allá que la poesía de Renato Leduc tiene una característica muy singular, poco apreciada por aquellos que la han comentado: algunos de sus poemas,sospechosamente,mucho se aproximan ala crónica periodística de paródica sustancia,haciendo burla corrosiva –que para eso es la parodia, para corroer– de la educación sentimental de nuestra distinguida sociedad o de nuestros ínclitos politicastros.En ese sentido el complejo literario que fue Renato Leduc, debiera ser un capítulo de nuestra historia de las mentalidades, aún no escrita.
Este hombre de pluma –como él mismo se definió– que fue Renato Leduc, nació en el año 1895 –dos años antes que Carlos Pellicer y seis que José Gorostiza, dos figuras cimeras de las letras mexicanas y aun de la lengua española–; es decir, por temporalidad bien pudo pertenecer a la generación de poetas mexicanos renovadores de nuestra lírica que han pasado a la historia como Los Contemporáneos,y que entre otros afanes literarios y aun artísticos en el sentido más amplio (incluyendo el teatro, las artes plásticas, el diseño, etcétera) tuvieron el de la renovación de las formas expresivas; el vate (como se decía antaño) Renato Leduc estuvo muy distante de estos y muchos otros afanes. Sus afanes, los suyos propios, eran otros como ya se verá.Asimismo, la poesía de Renato Leduc dista un buen trecho, yo diría que está en las antípodas, de la moderación y el tono crepuscular y melancólico que dominó a la poesía mexicana de aquellos tiempos,y que aún cultivan buena parte de nuestros líricos actuales.
Lapasión poética de Renato Leduc se nutrió de los vertederos de su propia riquísima y casi alucinante vida –vida airada, diría él–: revolución y viajes, guerra mundial y toreros, cantinas y mujeres, sofisticados poetas franceses suprarrealistas y poetas mexicanosdel arrabal y pintores surrealistas y cafés de chinos y burdeles de diversas categorías: Renato Leduc hizo de sus poemas un espejo en que “se ve el que cambia”, como dice en memorable y breve texto mi amigo, el poeta Víctor Manuel Cárdenas.Sin embargo, el poeta Leduc, que explícitamente reconoció como sus influencias al Arcipestre de Hita, a Góngora, a Enrique González Martínez, a López Velarde y muy señaladamente al colombiano Luis Carlos López (nacido en Cartagena de Indias en 1883 y fallecido en 1950 en su ciudad natal, poeta conocido como el Tuerto López por su estrabismo), quien si bien no fue un renovador de nuestra lírica, si fue un poeta que aportó una serie de tópicos y matices poco, muy poco cultivados en nuestra poesía.
Renato Leduc es, en el panorama de la poesía mexicana, un atípico, bizarro, extravagante, un poeta excéntrico que “puede ser incluido igualmente en el “Manual del declamador sin maestro” y en una antología que dé cuenta de los cambios de temperatura de nuestra lírica”, como bien apuntara el académico Vicente Quitarte hace ya varios años (“ya llovió”, diría Renato) en el Bar Mancera de la ciudad de México con motivo de la incorporación de la obra del poeta a la colección Letras mexicanas del Fondo de Cultura Económica. Pero, además, Leduc es ave rara de nuestra poesía porque reunió –o amalgamó– el cultivo de formas métricas y estróficas tradicionales y clásicas en la versificación castellana con un gran sentido del humor –poco frecuente en nuestro medio–, con giros idiomáticos de la cantina, la pulquería y el barrio. En otros términos: hizo uso de formas consagradas por la tradición, por la preceptiva, para emitir mensajes irreverentes y hasta francamente léperos; si bien, como él mismo señalara en repetidas ocasiones, esta su maledicencia procedía de un linaje clásico: Quevedo, Cervantes, Lope de Vega, muy siglo de oro español. “Así descrito –diría el gran Carlos Monsiváis– la imagen de Leduc encaja sin problemas en la del bohemio, el artista marginal que descree de la disciplina y para quien el arrebato todo lo vindica. Esto, a su pesar, fue Leduc en el espacio del reconocimiento social: el último bohemio, sumergido en anécdotas y en el santo olor de las malas palabras…”.
En la poesía de Renato Leduc, como bien apunta el crítico Juan Leyva, a veces “el chiste opaca los procedimientos: fusión de géneros cultos y populares; rima obscena y bilingüe; alejandrinos de pie quebrado, verso libre y prosaísmo. El sarcasmo oculta la lírica; la risa, todo viso de seriedad; el juego alivia la melancolía. Ése es el temple de su primer libro, “El aula, etc…” (1929), imprescindible para entender la poesía de aquella década, y una contraparte festiva de las solemnidades “contemporáneas”. A pesar de la advertencia incluida (“No haremos obra perdurable. No/ tenemos de la mosca la voluntad tenaz”), nunca, ni siquiera hoy, han faltado críticos que le reprochen su falta de seriedad y disciplina, sus salidas de tono, su aplomo antipoético. Pero, con todo y los pleitos tras bambalinas en torno a su poesía, ya en “Poesía en movimiento” (1966) el autor empezó a ser aceptado dentro del canon, sin olvidar los esfuerzos anteriores de Maples Arce o Monsiváis. Así, parecería que a nadie asustan ya los versos de las Oceánidas a Prometeo, preso esta vez por robar los secretos del placer sexual, en el durante años prohibido, oculto, vergonzante” Prometeo sifilítico”:
“Desdichado titán, hemos venido
veloces desde el fondo del océano
para tenderte una piadosa mano
en el momento en que te ves jodido.
Relátanos por qué quiso el Cronida
tenerte así, con la cabeza erguida,
con los brazos en cruz y ¡oh, cruel tirano!
con un falo metido por el ano”.
De una irreverencia tan intensa fue la poesía de Renato Leduc que Octavio Paz, nuestro Premio Nóbel, Alí Chumacero, Homero Aridjis y José Emilio Pacheco en “Poesía en movimiento. México 1915-1966”, apuntan: “Su poesía [la de Leduc] se aparta de las corrientes naturales de los últimos lustros y buena porción de ella, por ciertas razones, se aviene con la persistencia que otorga la tradición oral”. Y aún, agregan: “Su profesión es la de periodista y sólo al margen de esa vocación, acaso porque desdeña el afán de hacer perdurables los sentimientos, escribió una poesía que se distingue muy incisivamente de la de sus contemporáneos [...] De López Velarde y del colombiano Luis Carlos López, principalmente, Renato Leduc hizo derivar en un principio el léxico y las intenciones de su obra [...] Algunos de sus poemas, particularmente inclinados a lo erótico, han sido impresos sin su nombre, y muchos, decididamente directos, se han conservado al través de los años en labios de amigos y desconocidos…”. Y también, claro está, muchos poemas de ocasión, escritos o improvisados en ambientes cantineriles, se extraviaron sin remedio, sin posibilidad alguna de recuperación, y en esto Leduc vuelve a semejarse a los poetas del áureo siglo español.Sin embargo, en algunos linderos poéticos Renato Leduc tiene similitudes con Salvador Novo; con el poeta socarrón, alburero, de tópicos soeces, que es el Novo de “Sátira”, libro publicado en 1925 y de circulación casi clandestina.
Renato Leduc fue una especie de lobo estepario que repudió la llamada vida literaria –le aburría soberanamente el ambiente de los intelectuales; prefería, y con creces, “a la gente del toro”– y, por lo mismo, no formó parte de grupos, capillas o cofradías. Inclusive en cierta ocasión aseveró que para él la poesía no había sido ni madre, ni amante, “si acaso, tía”, pero este aparente demérito de la poesía se ve refutado por algunos textos de excelente factura e inclusive por su primer poemario, “El aula, etc…” (publicado en 1929 que junto con “Canciones para cantar en las barcas” (1925) de José Gorostiza, “Colores en el mar y otros poemas” (1921) de Carlos Pellicer y “Biombo” (1925) de Torres Bodet, figura entre los mejores libros de la década de los maravillosos y, poéticamente, muy vigorosos años veinte, hecho no suficientemente reconocido, reseñado o comentado por la crítica literaria, la de antaño y la de hogaño, tal vez por esa condición de marginalidad que siempre tuvo y procuró Renato Leduc; un poeta difícil de encasillar pues transitó por un sendero casi unipersonal: ni romántico, ni modernista, ni posmodernista, ni afecto a las estridencias del Estridentismo de Maples Arce, Arqueles Vela y List Arzubide; su arte –a él tal vez no le gustara esta nominación, pero sin duda Renato Leduc fue un artista– un tanto desaforado, con sabor rabelesiano que fustigó al México racista, intolerante (si bien él no pudo desvincularse de esta tara social, pues en más de una ocasión hizo y escribió comentarios homofóbicos y misóginos), al México de la política corporativista con rasgos fascistas y muy inclinado al chanchullo, a la corrupción, viene de una visión muy crítica de la realidad mexicana que él aprendió a ver in situ, desde miraderos privilegiados y poco frecuentados por los intelectuales de mayor prosapia, que en veces sacralizan realidades que no conocen del todo. Como poeta de envión, de poderoso arranque, Renato Leduc fue en contra de toda mixtificación de la dura realidad mexicana: iniquidad, desigualdades abismales, políticos y funcionarios públicos deshonestos, palurdos, oportunistas y mafiosos –en aquellos años… ¡y en los que corren, también!– pero, como alguien ha señalado, “Leduc no se resigna, pero tampoco se flagela; ríe, critica, es solidario, amplía el espacio de la cantina y el burdel hasta las esferas de la poesía. Se trata de una jovialidad igualatoria que viene de lejos, de la herencia paterna y el relativismo milenario y campesino, pero también de la vida en vecindad y la noción abierta del otro, por más diverso que fuera; de la tropa y el baile, de la fiesta y el aula, de la guerra y la oficina, de Tlaxcala y París”.
 
Paréntesis
 
Alfredo R. Placencia y Rafael Sánchez Vargas

 
Para saludarlos en esta semana santa, semana mayor o días de guardar, como decían nuestros padres, les envío dos sonetos de dos sacerdotes. El primero de Alfredo R. Placencia (1875-1930), un excelente poeta. “Ciego Dios” es un estupendo soneto y su primer cuarteto resulta innovador, provocador y perturbante. El segundo soneto es de un mi amigo que tuve cuando niño: el sacerdote salesiano Rafael Sánchez Vargas; un cura de los buenos, que también los hay, y son legión…

Ciego Dios

Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en ese estado
no hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Dices que quien tal hizo estaba ciego.
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino?...

Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera!
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego!
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
ciégueme a mí también, quiero estar ciego.
(ARP)


Petición

Llagas de Cristo en mí quedad grabadas.
Espinas de Jesús dejadme herido.
Herida del Costado sé mi nido.
Dadme ojos ya sin luz vuestras miradas.

Dame Boca sin voz voces calladas.
Lanza del Centurión tu Sangre pido.
Dame Pecho de Cristo tu gemido.
Dadme agua y sangre Venas agotadas.

Clavos dadme a beber vuestra bebida.
Dulce Cruz pueda siempre poseerte.
Alma de Cristo muerto dame vida.

Mi salvación, Jesús, está en tu muerte.
Pasión de Cristo deja que te pida
en mi cuerpo y en mi alma siempre verte.
(RSV)